de Carlos Ares - dirección: Corina Fiorillo
Dijo:
"Cuando la mentira es la verdad"
"Una puesta íntima, de mucha profundidad, que hace pie en los bordes difusos de la realidad y la interpretación."
"Big Bang, primer texto en dramaturgia del periodista y escritor Carlos Ares, y que resulta un marco propicio para ventilar otra cuestiones: el carisma y la vulnerabilidad de los que ejercen el oficio de ser otros, la marea uniforme de los críticos teatrales, las expectativas y desventuras del medio. Un texto que llega para cuestionar la médula del oficio, basado en el simulacro verdadero, en la mentira contada con la mayor justeza posible."
"Corina Fiorillo encontró una dosis equilibrada de sujeción y amplitud para el tono de los protagonistas, lo que le da, a su dirección, ese aire de precisión y profundidad.""Actuar... ¿No es lo que hacemos todos? ¿Quien no se inventa un personaje para sobrevivir? ¿Quién no se vende cada día? ¿Quién no quiere ser otro?"
Laura Ventura - para culturAR.com - 14/06/2009
"ESA ESTRELLA ERA MI LUJO "
"Este debut para un hombre que proviene de la prensa gráfica (Carlos Ares) no podía haber resultado más auspicioso."
"Ares logró un guión preciso y los actores se sacan chispas con aquellos parlamentos."
"La directora Corina Fiorillo se encargó de guiar con seguridad a Raquel Albeniz y Alejo Mango en dos papeles que atraviesan diferentes planos de modo constante. Sus actuaciones son precisas y son hábiles para transmitir los distintos matices de sus personajes, y, a su vez, de los personajes de sus personajes."
Gabriel Peralta para Critica Teatral
"la puesta en escena de la vida"
"Los sutiles límites que separan el actuar en la vida y el actuar sobre el escenario son puestos bajo la lupa en la obra de Carlos Ares..."
"La concepción de la directora Corina Fiorillo, tanto en lo visual, espacial y en registro de actuación, va a la medula del tema:ogra que los actores encuentren ese intersticio cautivante y peligroso, que es el actuar para dar verdad a sus personajes."
"Tanto Raquel Albeniz como Alejo Mango realizan muy buenos trabajos, como muñecas rusas irán apareciendo sus deseos y carencias."
"...la creación de los distintos espacios ficcionales y reales es encuentran plenamente logrados a través de una buena síntesis escenográfica a cargo de Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich.
El diseño de iluminación de Pablo Boratto es excelente."
Por Carlos Folias para leedor.com
"Raquel Albeniz y Alejo Mango son los actores que ponen el cuerpo para darles vida a los personajes del sólido texto de Carlos Ares. Cada uno de ellos realiza un valioso trabajo actor aportando una importante cuota de imaginación y creatividad. Corina Fiorillo, a cargo de la dirección, ha logrado estimular el juego de los actores combinando acertadamente todos los signos de la puesta en escena, otorgándole al conjunto un ritmo y una estética sumamente atractiva."
"Big Bang no es una reacción nuclear que mantiene el cosmos en expansión, es un excelente espectáculo que contribuye a expandir el universo del buen teatro."
Silvia Urite para Notas de Teatro
“Las dos caras del amor”
"Alejo Mango y Raquel Albeniz se sacan chispas en un ensayo de su propio pasado."
"La obra transita por los diferentes momentos de la pareja: la fascinación, la excitación, los celos, la ruptura y el abandono."
"...la búsqueda del propio yo en el trabajo del artista, sin hacer concesiones ..."
Marcelo Mendieta para ELINFORMATORIO
"Big Bang revela miserias muy humanas en una puesta precisa"
"Big Bang, del prestigioso periodista Carlos Ares, juega con el humor, la ironía, la pasión y la sensibilidad, en un rompecabezas que va armando con precisión y muy buen ritmo la talentosa directora Corina Fiorillo, quien logra sacar lo mejor de los protagonistas, Raquel Albeniz y Alejo Mango, que deleitan al público."
"...una puesta sobria y cautivante: resulta imposible perderse un instante de la obra."
Carlos Pacheco para
"Corina Fiorillo le da vitalidad al texto de Carlos Ares sobre dos ricas conductas"
"... buceando en la conducta de cada personaje, encontrará una materia muy rica y la moldea jugando, hasta darle la forma exacta. ""Muy ajustados, los trabajos de Raquel Albeniz y Alejo Mango descubren a esos seres con mucha sensibilidad y van deconstruyendo sus historias con la valentía, el dolor y la angustia con las que cargan desde siempre.... "
Nepo Sandkuhl para neposandkuhl.blogspot.com
“Big Bang” es una puesta con una increíble sutileza, exquisitez y profundidad en las palabras, en las acciones internas –que son verdad-mentira/mentira-verdad-, y en las situaciones de los personajes, la confusión de ser o no ser personajes, la hiriente suposición –el “como si” mágico- de hablar a una sala vacía con la consciencia del público, el intentar crear ese abismo en el silencio del espectador atento... "
Ignacio Apolo para la-diosablanca.blogspot.com
"BIG BANG es en cierta medida un juego de actores, un laberinto de espejos."
para leer las críticas completas click aqui >>>
Entrevistas y Notas:
Clarín - 14-05-2009
entrevista a Carlos Ares por Camilo Sanchez
"El teatro como una adicción"
adn Cultura - sábado 13 de junio de 2009
entrevista a Carlos Ares por Natalia Blanc
De la Redacción de LA NACION
"El teatro es cuerpo, sangre y alma"
Revista Debate
" ... un juego de ocultamientos en el que realidad y ficción, mentira y verdad, se superponen hasta volverse máscaras inciertas."
"La obra manifiesta la inseguridad que (nos) otorga el sometimiento cotidiano de la vida del hombre contemporáneo a la rudeza de las leyes de oferta y demanda que regulan el mercado laboral y afectivo."
"La obra comienza y finaliza con dos temas de Los Redonditos de Ricota, “La dicha no es cosa alegre” y “Nuestro amo juega al esclavo”. La elección no parece ser casual, se trata de uno de los grupos de rock argentino que ha diseccionado con mayor inteligencia el juego de máscaras de la sociedad contemporánea."



Cuando la mentira es la verdad
Una puesta íntima, de mucha profundidad, que hace pie en los bordes difusos de la realidad y la interpretación.
Ella es actriz. Es una de las que aparecen con fugacidad en los arrabales de algún teleteatro, una amiga lejana de la protagonista, y que pelea, en la vida, por defender un texto de Harold Pinter en un teatro pequeño de Boedo o del Abasto. Al parecer hubo, se percibe en el inicio, un vínculo anterior: la clave del encuentro es eso que ha sucedido entre ellos -diversas formas de la pasión, el engaño y el olvido- y que ahora reverdece en esta convocatoria común. En esa línea de acción transcurre Big Bang, primer texto en dramaturgia del periodista y escritor Carlos Ares, y que resulta un marco propicio para ventilar otra cuestiones: el carisma y la vulnerabilidad de los que ejercen el oficio de ser otros, la marea uniforme de los críticos teatrales, las expectativas y desventuras del medio. Un texto que llega para cuestionar la médula del oficio, basado en el simulacro verdadero, en la mentira contada con la mayor justeza posible.
Corina Fiorillo encontró una dosis equilibrada de sujeción y amplitud para el tono de los protagonistas, lo que le da, a su dirección, ese aire de precisión y profundidad. "Actuar... ¿No es lo que hacemos todos? ¿Quien no se inventa un personaje para sobrevivir? ¿Quién no se vende cada día? ¿Quién no quiere ser otro?", se pregunta la actriz que espera en Big Bang, una Raquel Albeniz que sabe muy bien la manera de rebelarse contra la intriga de su compañero y enfrenta a la platea, cuestionadora. El actor, Alejo Mango, también deja entrever, con sutileza, las migajas de su derrota de la que reniega. Está ahí, como tantos, a la espera del golpe de viento o de azar que relumbre y le permita salir, por un instante, de la confinación cotidiana.
por Camilo Sánchez para Clarín
ESA ESTRELLA ERA MI LUJO
Big Bang, de Carlos Ares, dirigida por Corina Fiorillo, entrecruza varios planos en un texto que habla sobre el teatro, el recuerdo y plantea un interesante juego de identidades.
“Ella fue por esa vezmi héroe vivo y
fue mi único héroe
en este lío
la más linda del amor
que un tonto ha visto soñar
metió, metió mi rocanrol
bajo este pulso”,
Fragmento de “Esa estrella era mi lujo”, de Los Redonditos de Ricota
Dos actores se reencuentran sobre el escenario para ensayar una obra que los tendrá a ambos sobre las tablas. Hace mucho tiempo que no se ven y entre ellos ha existido una gran pasión. El es (al menos así lo aparenta en esta obra sobre el juego de las apariencias) un artista cuyo trabajo ha tenido poco interés en los medios y la crítica; ella, una diva. Ambos estudian su guión, pero lo más interesante son aquellas palabras propias, aquellos sentimientos y su dolor. Ares logró un guión preciso y los actores se sacan chispas con aquellos parlamentos.
La directora Corina Fiorillo se encargó de guiar con seguridad a Raquel Albeniz y Alejo Mango en dos papeles que atraviesan diferentes planos de modo constante. Sus actuaciones son precisas y son hábiles para transmitir los distintos matices de sus personajes, y, a su vez, de los personajes de sus personajes.
La puesta en escena de la vida
La mentira escénica en esta oportunidad esta construida por el entretejido de ocultamientos y enmascaramientos que se valen dos seres humanos para poder afrontar sus vidas. Lo paradójico de la trama es que por su oficio estas personas dejan ver sus verdaderos rostros cuando entran al plano de la ficción: son actores. Son ellos mismos cuando actúan y son suyas sus palabras cuando dicen un texto, se deja en claro que esta pareja actúa en la vida y que su verdad la encuentran en el teatro. Claro que para el que no es actor se le plantea más de un interrogante acerca de que clase de personaje (con sus mentiras y sus mascaras) esta construyendo en su diario vivir, y ahí radica lo interesante de la pieza.
La concepción de la directora Corina Fiorillo, tanto en lo visual, espacial y en registro de actuación, va a la medula del tema: a gigantografías que muestran imposturas, se contraponen pequeñas personas que exhiben su verdadero rostro; la obra transita por distintos espacios de la sala para poder crear planos que diluyen “la vida” y “la escena”; logra que los actores encuentren ese intersticio cautivante y peligroso, que es el actuar para dar verdad a sus personajes.
Tanto Raquel Albeniz como Alejo Mango realizan muy buenos trabajos, como muñecas rusas irán apareciendo sus deseos y carencias.
Como dije antes la creación de los distintos espacios ficcionales y reales es encuentran plenamente logrados a través de una buena síntesis escenográfica a cargo de Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich.
El diseño de iluminación de Pablo Boratto es excelente ya que define planos y crea intensos climas, inclusive intimistas, en un espacio despojado.
Interesante obra que provoca interrogantes acerca de “la puesta en escena” de la vida.
Gabriel Peralta - Crítica Teatral
Si todos mentimos nadie miente, que buena mentira
“Dos actores se reencuentran sobre el escenario despojado de una sala vacía. Antiguos vínculos que se abren dejando paso a las mentiras, las pasiones, los engaños y el olvido. Los hilos de la ficción los envuelven mientras tejen la trama real que se prepara para caer sobre ellos. ¿Actúan, simulan? Se atraen, se rechazan, se funden, explotan, dan origen al teatro, al universo de las historias.”
“Big Bang” llega a promover el cuestionar del rol del actor en el teatro, pero esa interrogación tiene que hacerse desde el oficio, desde la comprensión de la palabra profesional, desde la mentira-verdad/ verdad-mentira, desde la verdad-teatro y también desde el talento, lo que supone el peso de esta palabra.
“Big Bang” es una puesta con una increíble sutileza, exquisitez y profundidad en las palabras, en las acciones internas –que son verdad-mentira/mentira-verdad-, y en las situaciones de los personajes, la confusión de ser o no ser personajes, la hiriente suposición –el “como si” mágico- de hablar a una sala vacía con la consciencia del público, el intentar crear ese abismo en el silencio del espectador atento...
Publicado por Nepo Sandkuhl
“Las dos caras del amor”
Un hombre y una mujer, los dos actores, se reúnen después de más de 10 años a ensayar una obra, una pieza, o lo que les quedó trunco de su propia vida.
¿Qué es lo verdadero? ¿Qué es lo falso? ¿Quién es este famoso autor que los convoca, galardonado en el Off Broadway? ¿Por qué están allí?
Alejo Mango y Raquel Albeniz se sacan chispas en un ensayo de su propio pasado. ¿Es ella una actriz exitosa de la tele, como ella dice? ¿Qué ha hecho él en estos últimos diez años? ¿Por qué no se volvieron a ver?
La obra contiene tics y chistes de actores y dramaturgos, pero pueden ser captados por un público más amplio. ¿Qué es la representación? ¿Hasta dónde llega la actuación? En suma, ¿dónde está la Verdad? ¿Existe una sola verdad?
La obra transita por los diferentes momentos de la pareja: la fascinación, la excitación, los celos, la ruptura y el abandono. Tal vez el autor debería haber buceado más en la verdad de ella, de lo que niega y llora, donde hay mucha riqueza. Pero decidió verlo desde el punto de vista masculino, y allí quedó, clausurado.
La puesta es simple pero eficaz, con dos gigantografías de los dos intérpretes a los costados del escenario, como una triste réplica de lo que fueron, en momentos de gloria y ya no podrán ser, los artistas brillando en las marquesinas.
La obra también habla de la búsqueda del propio yo en el trabajo del artista, sin hacer concesiones al teatro comercial o a la televisión, luchando por el sueño auténtico.
Como ya hemos dicho, las actuaciones están muy bien, con mayor lucimiento de Raquel Albeniz, la mujer de esta pareja de actores. Tal vez el dramaturgo se reprimió algunas escenas, pero ella las carga en su mirada oscura y herida.
La escenografía es funcional, con paneles que van y vienen. Y sólo ellos dos, con una obra que se sostiene en la actuación de Raquel Albeniz y Alejo Mango. Corina Fiorillo, la directora les dio la suficiente libertad para que los intérpretes creen sus personajes, con determinados ritmos y pausas. Como la vida, con su subibaja de emociones.
Silvia Urite - Notas de Teatro
Big Bang
Por Carlos Folias PARA LEEDOR.COM
Big Bang, de Carlos Ares, revela miserias muy humanas en una puesta precisa
Allí surgen, como en la vida misma, el amor y el odio, el éxito y el fracaso, la mentira y la verdad, el recuerdo y el olvido...
Big Bang, del prestigioso periodista Carlos Ares, juega con el humor, la ironía, la pasión y la sensibilidad, en un rompecabezas que va armando con precisión y muy buen ritmo la talentosa directora Corina Fiorillo, quien logra sacar lo mejor del espacio que ocupan en Ciudad Cultural Konex, y de los protagonistas, Raquel Albeniz y Alejo Mango, que disfrutan del trabajo interpretativo -se nota-, y que deleitan, al mismo tiempo, al público.
Ella asume un papel que le permite un gran arco de lucimiento expresivo, mientras Alejo Mango se presenta como el partenaire perfecto sobre el escenario. En ese sentido, es un verdadero caballero, ya que se muestra muy generoso con el desempeño de su compañera. Hay mucho oficio en ambos.
El contrapunto entre ambos, lejos de la pirotecnia y el efectismo en que podría haber caído, genera identificación y compasión, y hasta risas, según la escena, en la platea que observa como una trastienda de un teatro vacío puede conventirse en una atrapante radiografía de algunas miserias muy humanas.
El equipo de escenografía y vestuario (Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich), más el maquillaje a cargo de María Eugenia Brandulo, la iluminación de Pablo Boratto y la asistencia de Claudio Santibáñez, completan una puesta sobria y cautivante: resulta imposible perderse un instante de la obra que, gracias a tanta solvencia, parece extremadamente breve.
Marcelo Mendieta para ELINFORMATORIO
Paralelos entre ficción y realidad - Diario LA NACION
Corina Fiorillo le da vitalidad al texto de Carlos Ares sobre dos ricas conductas
Sobre el escenario dos intérpretes se disponen a producir actuación. Ella ha sido convocada por un antiguo compañero. Pero el encuentro sobrepasa la mera reunión y el trabajo de dos viejos colegas. Entre ambos, una historia particular comenzará a desarrollarse. El recuerdo puede más; el cuerpo se dispone a convertir esos recuerdos en sinceras emociones y los actores se entregan. Lo que recrean no es un texto de otro, sino ese texto -personal, íntimo- que fueron construyendo cuando sus vidas, hace ya un tiempo, estuvieran ligadas.Entre aquella relación y ésta hay mucha distancia pero, si bien el presente obligará a descubrir verdades no dichas o ciertas pasiones que se rescatan con valentía del pasado, también permitirá, a ese hombre y a esa mujer, reconocerse en un crecimiento dispar, aunque verdaderamente conmovedor.
El texto de Carlos Ares propone un juego en donde el teatro se meterá dentro del teatro y en el que, personas y personajes, irán perdiendo su verdadera identidad o, tal vez, la encuentren en el más sincero rincón de sus conciencias. En este sentido, la mano del autor tiene cierta dureza. No se anima del todo a dejar que esos seres adquieran un vuelo propio. Celoso de sus criaturas, el dramaturgo no quiere que se le escapen y está muy cerca de ellos dictándole sus deseos sin, a veces, dejar que los mismos personajes adquieran su verdadera calidad y, quizá, lo desorienten y hasta lo sorprendan.
La directora Corina Fiorillo se anima, con mucha seguridad, a que el juego se vitalice. Y, buceando en la conducta de cada personaje, encontrará una materia muy rica y la moldea jugando, hasta darle la forma exacta. Por momentos, las palabras y los actos de esos personajes no son tan crudos; asoma en ellos un sentimiento que, es cierto, ha construido el resentimiento, pero que logran exponer con entera sinceridad.
Muy ajustados, los trabajos de Raquel Albeniz y Alejo Mango descubren a esos seres con mucha sensibilidad y van deconstruyendo sus historias con la valentía, el dolor y la angustia con las que cargan desde siempre, pero que nunca se habían animado a exponer sobre el escenario, quizá.
Carlos Pacheco -Cuerpos y corazones solitarios
“Mal amor”, de Paula Bartolomé, es una obra silente. Con proyecciones de fondo detrás de los personajes, que oscilan entre flashbacks y mostrar un fuera de campo escénico que suma suspenso y música que construye climas (contraste, a su vez, entre un imagen - ¿distanciadora? - estilizada y una presencia de menos detalle), un hombre y una mujer se separan. Textos escritos se cruzan cada tanto, en el fondo, como viejas didascalias de cine mudo; palabras tipificadas de despedida… Se pasa de la melancolía a la violencia extrema de forma gradual. El protagonista no son ambos, sino él - por más que quien primero aparece en escena sea ella preparando las valijas para alejarse definitivamente -. No hay palabras, sino movimientos, acciones, miradas. Es como si no tuvieran qué decirse (¿o es que los personajes sienten que las palabras son siempre las mismas?). Impera el silencio. El contrapunto a la contracción de los cuerpos es la posterior explosión. La forma acá toma el aspecto de quien no puede conectar con el mundo y recae una y otra vez en las mismas conductas, las mismas acciones, que no le permiten salir de su aislamiento. Su reacción visceral frente a la desilusión reiterada termina siendo, siempre, la misma. Se ve envuelto en un círculo vicioso que no sabe - o no le interesa realmente - romper… Domina la impotencia en la forma de la descarga agresiva, física, cruel. Los finales para el protagonista se repiten, la distancia no puede clausurarse; en lugar de la melancolía, la fantasía o el humor, lo que acá se hace presente es la destrucción…
Mientras que la escenografía de “Mal amor” es más bien minimalista, en “Pasionaria”, de Lucía Moller, abundan los detalles que apuntalan recuerdos. Es un espacio barroco, recargado, donde una ella llora desconsoladamente mientras habla con su ex. Sabe que se acabó, pero no puede terminar de dejarlo ir, al punto de seguir usando sus pantuflas. Así, al tiempo que no suelta el teléfono y se aterra si la comunicación se corta, no puede, ni aunque quiera, darle bola al chico de la heladería que quisiera poder sanar sus penas. Pero no hay caso, su cuerpo (el de ella), no afloja la tensión en ningún momento, se encoje, se recoge sobre sí mismo. Por un lado, para el espectador, la empatía, la risita que se escapa al sentirse identificado en una o más ocasiones y por diferentes razones. Por otro, en la obra no hay elaboración. Es decir, la obra es un momento de suspensión: el corte ya ha ocurrido, pero no vemos más que el momento de pleno dolor, previo al duelo, previo al seguir adelante, en el que mañana es algo muy lejano. O sea, no vemos las causas ni los momentos que avizoran la superación, sino el instante, el clímax de sufrimiento (elemento que se comparte con “Mal amor”, por ejemplo).
Pienso, entonces, en “Querida Marta”, de Irene Sexer y Paula Etchebehere. Si bien puedo identificar varias marcas del clown en el cuerpo que construye Sexer (algo lógico, pensando que viene de trabajar muchos años con Marcelo Katz), también me parece ver una búsqueda por despojarse de esas marcas. Y, entonces, encuentro un cierto parentesco en el resultado de la tristeza de Marta con el de la protagonista de “Pasionaria”. El cuerpo de esta última se comprime, se abraza al achicarse, mientras que Marta se mueve, recorre y sólo en última instancia deja aparecer el llanto. Quizás, se me ocurre, en mayor contraste, porque Marta intenta, la Marta clown va con sus petates, da vueltas, gira, se ríe, es payasa. La Marta de las lágrimas no, se corre del código clown y queda otra cosa, hay una resistencia que se vence y la forma que aparece es, como en la otra obra, un cuerpo que se encoge. En “Pasionaria”, la risa llega por la exacerbación, el llanto es desmesurado, la pena está en carne viva, a la vista. En “Querida Marta” va más por dentro; la máscara se va descascarando e incluso el final idílico (del cual he escuchado diversas interpretaciones) tienen ese punto de inflexión en el llanto que se escapa (en lugar de explotar, como en “Pasionaria” o, de otra manera, en “Mal amor”). En ambos casos, sin embargo, el común denominador es la impotencia por no poder resolver, por no poder encontrar paz ni respuestas a la tristeza que se viene encima producto de la soledad.
“Big Bang”, de Carlos Ares y dirigida por Corina Fiorillo, es en cierta medida un juego de actores, un laberinto de espejos. Dos actores se encuentran después de muchos años. De él sólo se sabe su status hacia el final, de ella, sabemos desde el principio que su carrera se ha venido a pique. En el medio, el reencuentro y la necesidad de seducirse, atravesada por los conflictos del pasado. La cuestión es que, incluso estos personajes, que ya no tienen 20 años, tampoco pueden entablar un diálogo sincero. Se colocan máscara tras máscara hasta prácticamente vaciar toda intención de hallarse el uno al otro. “Si todos mienten, nadie miente”, es la frase leit motif de la obra. Ese enrosque los aleja repetidamente, lo que es lógico, ya que en la reversibilidad del juego, sólo termina por quedar el juego mismo…
Mmm… acá no hay amores trágicos, pero tampoco esa cosa de la comedia romántica del final feliz o, al menos, agridulce. Ahora que escribo, me viene a la mente “El fondo del mar”, la película de Damián Szifrón. En el final, el protagonista, después de todo el quilombo que arma (él descubre que la novia lo deja por otro y se obsesiona por descubrir quién es el tipo en cuestión), una vez que recupera su foco (o lo adquiere, quizás, por primera vez) comienza a superar sus inseguridades y puede, probablemente, empezar a ser un poco más feliz. Pienso, quizás, que eso es posible porque en el film de Szifrón hay un relato, donde los personajes pueden transformarse con el transcurso del tiempo. En las obras mencionadas no hay relato, no hay avance del tiempo - de forma más abstracta, lo hay en “Querida Marta” -, sino un estado de suspensión donde los cuerpos están varados y estancados y, por más que se desgañiten, las agujas del reloj no se mueven… Pasado y futuro se apelmazan en un presente constante y, entonces, no se puede sanar el dolor ni cambiar. Hasta en “Big Bang”, donde, se supone, han pasado muchos años, el tiempo no lo ha hecho, realmente, para la relación entre los dos personajes. Los motivos que los alejaron siguen ahí, como su incapacidad de comunicarse.
Casi como si fuera una síntesis de estas ideas, “Melancolía Erótica”, de Josefina Lamarre y Emilia Escaris Pazos. Con elementos de cabaret y de performance, la protagonista aparece varada en ese estado del cual, pareciera, no puede (¿ni quiere?) salir. El entramado textual está hecho de, más allá de allgunos fragmentos poéticos, de canciones diversas. Cada letra es, un poco, una suerte de máscara; la mujer que ahí delante acciona se va removiendo capas (pelucas, ropa). Cada canción es una ella que es distinta y es la misma… todas las ellas que son ella parecen atravesadas por el estado de melancolía, el cual abraza o contra el cual busca revelarse. Las fuentes de luz se encuentran en escena, y la protagonista las va activando, construyendo la puesta de su propia presentación. El personaje se exhibe y estiliza, al mismo tiempo que se multiplica… ¿buscándose? ¿explicándose como múltiple, barroca? Entre las letras, que van de Chabuca Granda a Bjork, me siguen resonando (es decir, elijo hacer un recorte) la elección de “Solitude” y “Sweet Dreams”. El primer tema, de Billie Holiday apunta a la tristeza, como en “Pasionaria”, por el amor ausente, por el deseo desesperado por que regrese; “Todo es penumbra, me siento y observo. Sé que voy a volverme loca”. El segundo, sin embargo, opta por otro punto de vista. En el tema de Eurythmics, la letra hace alusión a que todo el mundo busca algo y que las relaciones son siempre utilitarias y con un elemento de poder fuerte: “algunos quieren usarte. algunos quieren ser usados. algunos quieren abusar de vos. algunos quieren ser abusados”; no existe el balance ni el encuentro. En otro momento, tomando las palabras de los Redonditos de Ricota, “(no tengo donde ir…) Algo me late y no es mi corazón”. A diferencia de “Siesta” (2005), de Deby Wachtel, donde su protagonista caminaba por un fraseo poético melancólico, pero dulce, en una sala iluminada con el blanco como dominante, la ella de “Melancolía…” está en la penumbra y su pena es pesada.
Toda sensación de felicidad es, o bien pasada, o bien extremadamente pasajera. Al mismo tiempo, al elegir el formato más afín a la performance, otra vez está negada la posibilidad de un relato. Si bien las letras traen, en muchos casos, la referencia a un “hacia atrás” (que implica, imaginariamente, construir un mundo poético que incluya el ahora también; ¿quién es ella?, ¿qué le pasó?, etc, etc), el cuerpo representa un estado actual. Como en “Big Bang”, se da un juego de espejos, aunque en “Melancolía…” no hay otro interlocutor más allá de la protagonista. Este último podría ser el espectador, pero, en realidad, la “cuarta pared” nunca se rompe, sino que existe de manera ambivalente; ella está ahí, como en una burbuja, en una caja de cristal. Me pregunto si su tristeza no viene tanto por el desamor como por un no poder hallarse a sí, en cuyo caso se trataría más de una búsqueda (angustiante, sí, pero búsqueda al fin) de formas y palabras que de una exposición de un estado realmente rígido e inamovible.
Quizás, es esto lo que encuentro como común entre las obras que selecciono para ejemplificar (al margen del predominio de mujeres al frente de los procesos creativos)… Lo que se representa no es una situación, sino un estado. De la misma manera, es el elemento de conflicto de “Misil Children” (2008 y actualmente de nuevo en cartel), de Mariana Levy, donde la melancolía es esta gran montaña que tres hermanas tratan de superar; si bien el amor es el conflicto eje, parece, más bien, ser el catalizador de una crisis más amplia y difícil.
El tiempo, en todos los casos, permanece en un lugar de “no tiempo”, pero que no es placentero; no es una detención temporal reflexiva o de disfrute o contemplación, sino de angustia, porque hacia delante parece no haber nada, más que una repetición del ahora mismo. El amor no sólo no quebraría la sensación de desorientación y soledad, sino que esta, probablemente, favorecería y potenciaría el desencuentro… Por supuesto, estas son sólo lecturas posibles…
Diego Braude para Imaginación Atrapada








