de Carlos Ares - dirección: Corina Fiorillo


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Cuando la mentira es la verdad

Una puesta íntima, de mucha profundidad, que hace pie en los bordes difusos de la realidad y la interpretación.

Por: Camilo Sánchez
ALEJO MANGO Y RAQUEL ALBENIZ EL ACTOR Y LA ACTRIZ QUE SE REENCUENTRAN, EN LA OBRA, PARA DEBATIR SOBRE LOS LIMITES DE LA FICCION.
Un personaje, que enseguida va a revelarse como un actor en retirada y que regresa por una revancha escucha a Los Redondos -"soñás la hoguera donde siempre sos la leña", dice el Indio Solari- en un escenario casi desnudo, como si hubieran retirado de allí los restos recientes de una escenografía anterior. Espera. El mismo busca presentarse como alguien que se fue de un país que no ha guardado memoria de su trabajo, y que ahora vuelve, ha sido convocado para convencer a otros de que todavía tiene resto, que aún es capaz de pasar por la escena como por la vida, sin que nadie lo note. Aguarda a una mujer.

Ella es actriz. Es una de las que aparecen con fugacidad en los arrabales de algún teleteatro, una amiga lejana de la protagonista, y que pelea, en la vida, por defender un texto de Harold Pinter en un teatro pequeño de Boedo o del Abasto. Al parecer hubo, se percibe en el inicio, un vínculo anterior: la clave del encuentro es eso que ha sucedido entre ellos -diversas formas de la pasión, el engaño y el olvido- y que ahora reverdece en esta convocatoria común. En esa línea de acción transcurre Big Bang, primer texto en dramaturgia del periodista y escritor Carlos Ares, y que resulta un marco propicio para ventilar otra cuestiones: el carisma y la vulnerabilidad de los que ejercen el oficio de ser otros, la marea uniforme de los críticos teatrales, las expectativas y desventuras del medio. Un texto que llega para cuestionar la médula del oficio, basado en el simulacro verdadero, en la mentira contada con la mayor justeza posible.

Corina Fiorillo encontró una dosis equilibrada de sujeción y amplitud para el tono de los protagonistas, lo que le da, a su dirección, ese aire de precisión y profundidad. "Actuar... ¿No es lo que hacemos todos? ¿Quien no se inventa un personaje para sobrevivir? ¿Quién no se vende cada día? ¿Quién no quiere ser otro?", se pregunta la actriz que espera en Big Bang, una Raquel Albeniz que sabe muy bien la manera de rebelarse contra la intriga de su compañero y enfrenta a la platea, cuestionadora. El actor, Alejo Mango, también deja entrever, con sutileza, las migajas de su derrota de la que reniega. Está ahí, como tantos, a la espera del golpe de viento o de azar que relumbre y le permita salir, por un instante, de la confinación cotidiana.
por Camilo Sánchez para Clarín

ESA ESTRELLA ERA MI LUJO

Big Bang, de Carlos Ares, dirigida por Corina Fiorillo, entrecruza varios planos en un texto que habla sobre el teatro, el recuerdo y plantea un interesante juego de identidades.

“Ella fue por esa vez
mi héroe vivo y
fue mi único héroe
en este lío
la más linda del amor
que un tonto ha visto soñar
metió, metió mi rocanrol
bajo este pulso”,
Fragmento de “Esa estrella era mi lujo”, de Los Redonditos de Ricota

Carlos Ares, el mismo de Troesma, aquel programa que convocó a los artistas más importantes de nuestro teatro, incursionó en la dramaturgia con Big Bang. Este debut para un hombre que proviene de la prensa gráfica no podía haber resultado más auspicioso. Con una propuesta profunda, y con la mirada ubicada –a veces irónica, a veces paternal– en los clichés, prejuicios y los guiños de una profesión que conoce como testigo y espectador, dio vida a esta pieza que habla sobre el teatro y sobre la personalidad e identidad del actor. Pero si bien Big Bang es un texto auto referencial, que habla del teatro desde el teatro, su matiz más interesante reside en el modo en el que revela cómo cada ser humano asume un personaje en relación con el otro y crea aquellas composiciones que permiten que el ser humano sobreviva. ¿La ficción es mentir? ¿Vivimos todos inmersos en un pacto de ficción? ¿Existe la sinceridad?


Dos actores se reencuentran sobre el escenario para ensayar una obra que los tendrá a ambos sobre las tablas. Hace mucho tiempo que no se ven y entre ellos ha existido una gran pasión. El es (al menos así lo aparenta en esta obra sobre el juego de las apariencias) un artista cuyo trabajo ha tenido poco interés en los medios y la crítica; ella, una diva. Ambos estudian su guión, pero lo más interesante son aquellas palabras propias, aquellos sentimientos y su dolor. Ares logró un guión preciso y los actores se sacan chispas con aquellos parlamentos.

La directora Corina Fiorillo se encargó de guiar con seguridad a Raquel Albeniz y Alejo Mango en dos papeles que atraviesan diferentes planos de modo constante. Sus actuaciones son precisas y son hábiles para transmitir los distintos matices de sus personajes, y, a su vez, de los personajes de sus personajes.

Por: Laura Ventura - 14/06/2009 para culturAR.com

La puesta en escena de la vida

Los sutiles límites que separan el actuar en la vida y el actuar sobre el escenario son puestos bajo la lupa en la obra de Carlos Ares, Big Bang. Si todos mentimos nadie miente, dirigida por Corina Fiorillo.
La mentira escénica en esta oportunidad esta construida por el entretejido de ocultamientos y enmascaramientos que se valen dos seres humanos para poder afrontar sus vidas. Lo paradójico de la trama es que por su oficio estas personas dejan ver sus verdaderos rostros cuando entran al plano de la ficción: son actores. Son ellos mismos cuando actúan y son suyas sus palabras cuando dicen un texto, se deja en claro que esta pareja actúa en la vida y que su verdad la encuentran en el teatro. Claro que para el que no es actor se le plantea más de un interrogante acerca de que clase de personaje (con sus mentiras y sus mascaras) esta construyendo en su diario vivir, y ahí radica lo interesante de la pieza.
La concepción de la directora Corina Fiorillo, tanto en lo visual, espacial y en registro de actuación, va a la medula del tema: a gigantografías que muestran imposturas, se contraponen pequeñas personas que exhiben su verdadero rostro; la obra transita por distintos espacios de la sala para poder crear planos que diluyen “la vida” y “la escena”; logra que los actores encuentren ese intersticio cautivante y peligroso, que es el actuar para dar verdad a sus personajes.
Tanto Raquel Albeniz como Alejo Mango realizan muy buenos trabajos, como muñecas rusas irán apareciendo sus deseos y carencias.
Como dije antes la creación de los distintos espacios ficcionales y reales es encuentran plenamente logrados a través de una buena síntesis escenográfica a cargo de Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich.
El diseño de iluminación de Pablo Boratto es excelente ya que define planos y crea intensos climas, inclusive intimistas, en un espacio despojado.
Interesante obra que provoca interrogantes acerca de “la puesta en escena” de la vida.

Gabriel Peralta - Crítica Teatral

Si todos mentimos nadie miente, que buena mentira

“Dos actores se reencuentran sobre el escenario despojado de una sala vacía. Antiguos vínculos que se abren dejando paso a las mentiras, las pasiones, los engaños y el olvido. Los hilos de la ficción los envuelven mientras tejen la trama real que se prepara para caer sobre ellos. ¿Actúan, simulan? Se atraen, se rechazan, se funden, explotan, dan origen al teatro, al universo de las historias.”

“Big Bang” llega a promover el cuestionar del rol del actor en el teatro, pero esa interrogación tiene que hacerse desde el oficio, desde la comprensión de la palabra profesional, desde la mentira-verdad/ verdad-mentira, desde la verdad-teatro y también desde el talento, lo que supone el peso de esta palabra.

“Big Bang” es una puesta con una increíble sutileza, exquisitez y profundidad en las palabras, en las acciones internas –que son verdad-mentira/mentira-verdad-, y en las situaciones de los personajes, la confusión de ser o no ser personajes, la hiriente suposición –el “como si” mágico- de hablar a una sala vacía con la consciencia del público, el intentar crear ese abismo en el silencio del espectador atento...

La sutil puesta en escena de Corina Fiorrillo no critica al teatro desde el teatro; sino, al trabajo del actor en escena, el oficio y las condiciones, los límites y las verdades que ellos manejan, el cuerpo como instrumento, la mentira como arma; todo eso con la consciencia de que la escena porteña se basa más en un teatro de actor; y, “Big Bang” pone un especial énfasis a ese cuestionamiento. Eso es Big Bang... Una dialéctica de la mentira y verdad en el actor en escena.

“Las dos caras del amor”

Dice Barthes en Lo neutro que hay ciertos espacios donde no se juega lo binario verdad-falsedad. Uno de esos terrenos es el del amor, de la pareja.
Un hombre y una mujer, los dos actores, se reúnen después de más de 10 años a ensayar una obra, una pieza, o lo que les quedó trunco de su propia vida.
¿Qué es lo verdadero? ¿Qué es lo falso? ¿Quién es este famoso autor que los convoca, galardonado en el Off Broadway? ¿Por qué están allí?
Alejo Mango y Raquel Albeniz se sacan chispas en un ensayo de su propio pasado. ¿Es ella una actriz exitosa de la tele, como ella dice? ¿Qué ha hecho él en estos últimos diez años? ¿Por qué no se volvieron a ver?
La obra contiene tics y chistes de actores y dramaturgos, pero pueden ser captados por un público más amplio. ¿Qué es la representación? ¿Hasta dónde llega la actuación? En suma, ¿dónde está la Verdad? ¿Existe una sola verdad?
La obra transita por los diferentes momentos de la pareja: la fascinación, la excitación, los celos, la ruptura y el abandono. Tal vez el autor debería haber buceado más en la verdad de ella, de lo que niega y llora, donde hay mucha riqueza. Pero decidió verlo desde el punto de vista masculino, y allí quedó, clausurado.
La puesta es simple pero eficaz, con dos gigantografías de los dos intérpretes a los costados del escenario, como una triste réplica de lo que fueron, en momentos de gloria y ya no podrán ser, los artistas brillando en las marquesinas.
La obra también habla de la búsqueda del propio yo en el trabajo del artista, sin hacer concesiones al teatro comercial o a la televisión, luchando por el sueño auténtico.
Como ya hemos dicho, las actuaciones están muy bien, con mayor lucimiento de Raquel Albeniz, la mujer de esta pareja de actores. Tal vez el dramaturgo se reprimió algunas escenas, pero ella las carga en su mirada oscura y herida.
La escenografía es funcional, con paneles que van y vienen. Y sólo ellos dos, con una obra que se sostiene en la actuación de Raquel Albeniz y Alejo Mango. Corina Fiorillo, la directora les dio la suficiente libertad para que los intérpretes creen sus personajes, con determinados ritmos y pausas. Como la vida, con su subibaja de emociones.
Silvia Urite - Notas de Teatro

Big Bang

No sé si el universo se originó en una gran explosión o, como algunos sostienen, en una “singularidad” infinitamente pequeña seguida de la expansión del propio espacio. Tampoco sé si fue propiamente una explosión, ya que no se habría propagado fuera de si misma y en todo caso, si hubo un estallido, no creo que haya sido grande considerando que aún no existía ni el espacio ni el tiempo. De todas maneras, de estos temas poco conozco y prefiero dejar para la cosmología física la explicación de la teoría del Big Bang y de la constante y acelerada expansión del universo.Pero hay otros sucesos de los que sí podría hablar con cierta propiedad y es el caso de la existencia de otro Big Bang, que no es un modelo científico sino el título de una excelente obra de teatro y que me confirma algo que venía percibiendo.Después de haber visto en los últimos días Ala de criados (Mauricio Kartun), Minetti (Carlos Ianni), Hasta que la muerte nos separe (Paul Desveaux) y ahora Big Bang (Corina Fiorillo), no tengo dudas de la teoría que sostiene la existencia de una constante y acelerada expansión en Buenos Aires (y espero que se muestre a lo largo del país) de excelentes puestas en escena. “Si todos mentimos nadie miente. Dos actores se reencuentran sobre el escenario despojado de una sala vacía. Antiguos vínculos que se abren dejando paso a las mentiras, las pasiones, los engaños y el olvido. Los hilos de la ficción los envuelven mientras tejen la trama real que se prepara para caer sobre ellos. ¿Actúan, simulan? Se atraen, se rechazan, se funden, explotan, dan origen al teatro, al universo de las historias.” Nuevamente el teatro nos pone frente al espejo de nuestra humana existencia. ¿Realidad o ficción? ¿Somos lo que decimos ser o representamos infinitos personajes acorde a las circunstancias? Tal vez el escudo del personaje nos permite sobrevivir con cierta dignidad frente a una “verdad”que consideramos insoportable.“...y así seguimos cómplices y confiados desarrollando los mismos personajes de la misma larga, monótona, tediosa escena cotidiana... si todos mentimos, nadie miente”¿Escribimos nuestra propia historia día a día o ya está todo escrito? ¿Somos protagonistas o personajes secundarios? ¿te amo o te desprecio? Incapaces, fracasados y mentirosos o talentosos, exitosos y auténticos. Lo que esperamos y que nunca llega. La mirada del otro. La importancia de la aceptación o el rechazo ¿somos en la medida que alguien nos reconoce? La vida. Nosotros y el juego del teatro en el comienzo de todas las historias. Raquel Albeniz y Alejo Mango son los actores que ponen el cuerpo para darles vida a los personajes del sólido texto de Carlos Ares. Cada uno de ellos realiza un valioso trabajo actoral aportando una importante cuota de imaginación y creatividad. Corina Fiorillo, a cargo de la dirección, ha logrado estimular el juego de los actores combinando acertadamente todos los signos de la puesta en escena, otorgándole al conjunto un ritmo y una estética sumamente atractiva. Por su labor fue nominada a los premios ACE, dentro del rubro Director de Teatro Alternativo temporada 2008/2009, distinción que sin duda es totalmente merecida.Big Bang no es una reacción nuclear que mantiene el cosmos en expansión, es un excelente espectáculo que contribuye a expandir el universo del buen teatro.
Por Carlos Folias PARA LEEDOR.COM

Big Bang, de Carlos Ares, revela miserias muy humanas en una puesta precisa

Dos mundos, el de un par de veteranos actores que vuelven a encontrarse en forma supuestamente inesperada, tras años de distancia. Una mujer y un varón, que no logran desenredarse del pasado compartido aunque pretendan ser otros muy distintos, confrontan en un solitario ensayo teatral que resultará revelador para ellos mismos, y, por supuesto, para los espectadores que irán descubriendo una sorprendente trama.

Allí surgen, como en la vida misma, el amor y el odio, el éxito y el fracaso, la mentira y la verdad, el recuerdo y el olvido...


Big Bang, del prestigioso periodista Carlos Ares, juega con el humor, la ironía, la pasión y la sensibilidad, en un rompecabezas que va armando con precisión y muy buen ritmo la talentosa directora Corina Fiorillo, quien logra sacar lo mejor del espacio que ocupan en Ciudad Cultural Konex, y de los protagonistas, Raquel Albeniz y Alejo Mango, que disfrutan del trabajo interpretativo -se nota-, y que deleitan, al mismo tiempo, al público.

Ella asume un papel que le permite un gran arco de lucimiento expresivo, mientras Alejo Mango se presenta como el partenaire perfecto sobre el escenario. En ese sentido, es un verdadero caballero, ya que se muestra muy generoso con el desempeño de su compañera. Hay mucho oficio en ambos.

El contrapunto entre ambos, lejos de la pirotecnia y el efectismo en que podría haber caído, genera identificación y compasión, y hasta risas, según la escena, en la platea que observa como una trastienda de un teatro vacío puede conventirse en una atrapante radiografía de algunas miserias muy humanas.

El equipo de escenografía y vestuario (Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich), más el maquillaje a cargo de María Eugenia Brandulo, la iluminación de Pablo Boratto y la asistencia de Claudio Santibáñez, completan una puesta sobria y cautivante: resulta imposible perderse un instante de la obra que, gracias a tanta solvencia, parece extremadamente breve.
Marcelo Mendieta para ELINFORMATORIO

Paralelos entre ficción y realidad - Diario LA NACION

Corina Fiorillo le da vitalidad al texto de Carlos Ares sobre dos ricas conductas

Sobre el escenario dos intérpretes se disponen a producir actuación. Ella ha sido convocada por un antiguo compañero. Pero el encuentro sobrepasa la mera reunión y el trabajo de dos viejos colegas. Entre ambos, una historia particular comenzará a desarrollarse. El recuerdo puede más; el cuerpo se dispone a convertir esos recuerdos en sinceras emociones y los actores se entregan. Lo que recrean no es un texto de otro, sino ese texto -personal, íntimo- que fueron construyendo cuando sus vidas, hace ya un tiempo, estuvieran ligadas.

Entre aquella relación y ésta hay mucha distancia pero, si bien el presente obligará a descubrir verdades no dichas o ciertas pasiones que se rescatan con valentía del pasado, también permitirá, a ese hombre y a esa mujer, reconocerse en un crecimiento dispar, aunque verdaderamente conmovedor.

El texto de Carlos Ares propone un juego en donde el teatro se meterá dentro del teatro y en el que, personas y personajes, irán perdiendo su verdadera identidad o, tal vez, la encuentren en el más sincero rincón de sus conciencias. En este sentido, la mano del autor tiene cierta dureza. No se anima del todo a dejar que esos seres adquieran un vuelo propio. Celoso de sus criaturas, el dramaturgo no quiere que se le escapen y está muy cerca de ellos dictándole sus deseos sin, a veces, dejar que los mismos personajes adquieran su verdadera calidad y, quizá, lo desorienten y hasta lo sorprendan.

La directora Corina Fiorillo se anima, con mucha seguridad, a que el juego se vitalice. Y, buceando en la conducta de cada personaje, encontrará una materia muy rica y la moldea jugando, hasta darle la forma exacta. Por momentos, las palabras y los actos de esos personajes no son tan crudos; asoma en ellos un sentimiento que, es cierto, ha construido el resentimiento, pero que logran exponer con entera sinceridad.

Muy ajustados, los trabajos de Raquel Albeniz y Alejo Mango descubren a esos seres con mucha sensibilidad y van deconstruyendo sus historias con la valentía, el dolor y la angustia con las que cargan desde siempre, pero que nunca se habían animado a exponer sobre el escenario, quizá.

Carlos Pacheco - Diario LA NACION

Cuerpos y corazones solitarios

Otra serie de casualidades o causalidades, me llevó a encontrarme con una cantidad creciente de obras donde el encuentro afectivo es imposible o dolorosamente efímero. Ni siquiera en un espectáculo para niños como “Luna de Oriente” los amantes pueden permanecer juntos al final de la obra (los dos protagonistas masculinos luchan por los favores de la fémina, al punto de perderla). Nuevamente, es la separación de los individuos y la sensación de un duelo constante. Mmm… quizás sea esto último el común denominador: una herida que no cierra y que es lo que aleja y la frustración por no poder avanzar. De nuevo, las propuestas estéticas y el registro actoral varían, con lo cual es una forma que se puede ver en diferentes estructuras.


“Mal amor”, de Paula Bartolomé, es una obra silente. Con proyecciones de fondo detrás de los personajes, que oscilan entre flashbacks y mostrar un fuera de campo escénico que suma suspenso y música que construye climas (contraste, a su vez, entre un imagen - ¿distanciadora? - estilizada y una presencia de menos detalle), un hombre y una mujer se separan. Textos escritos se cruzan cada tanto, en el fondo, como viejas didascalias de cine mudo; palabras tipificadas de despedida… Se pasa de la melancolía a la violencia extrema de forma gradual. El protagonista no son ambos, sino él - por más que quien primero aparece en escena sea ella preparando las valijas para alejarse definitivamente -. No hay palabras, sino movimientos, acciones, miradas. Es como si no tuvieran qué decirse (¿o es que los personajes sienten que las palabras son siempre las mismas?). Impera el silencio. El contrapunto a la contracción de los cuerpos es la posterior explosión. La forma acá toma el aspecto de quien no puede conectar con el mundo y recae una y otra vez en las mismas conductas, las mismas acciones, que no le permiten salir de su aislamiento. Su reacción visceral frente a la desilusión reiterada termina siendo, siempre, la misma. Se ve envuelto en un círculo vicioso que no sabe - o no le interesa realmente - romper… Domina la impotencia en la forma de la descarga agresiva, física, cruel. Los finales para el protagonista se repiten, la distancia no puede clausurarse; en lugar de la melancolía, la fantasía o el humor, lo que acá se hace presente es la destrucción…

Mientras que la escenografía de “Mal amor” es más bien minimalista, en “Pasionaria”, de Lucía Moller, abundan los detalles que apuntalan recuerdos. Es un espacio barroco, recargado, donde una ella llora desconsoladamente mientras habla con su ex. Sabe que se acabó, pero no puede terminar de dejarlo ir, al punto de seguir usando sus pantuflas. Así, al tiempo que no suelta el teléfono y se aterra si la comunicación se corta, no puede, ni aunque quiera, darle bola al chico de la heladería que quisiera poder sanar sus penas. Pero no hay caso, su cuerpo (el de ella), no afloja la tensión en ningún momento, se encoje, se recoge sobre sí mismo. Por un lado, para el espectador, la empatía, la risita que se escapa al sentirse identificado en una o más ocasiones y por diferentes razones. Por otro, en la obra no hay elaboración. Es decir, la obra es un momento de suspensión: el corte ya ha ocurrido, pero no vemos más que el momento de pleno dolor, previo al duelo, previo al seguir adelante, en el que mañana es algo muy lejano. O sea, no vemos las causas ni los momentos que avizoran la superación, sino el instante, el clímax de sufrimiento (elemento que se comparte con “Mal amor”, por ejemplo).

Pienso, entonces, en “Querida Marta”, de Irene Sexer y Paula Etchebehere. Si bien puedo identificar varias marcas del clown en el cuerpo que construye Sexer (algo lógico, pensando que viene de trabajar muchos años con Marcelo Katz), también me parece ver una búsqueda por despojarse de esas marcas. Y, entonces, encuentro un cierto parentesco en el resultado de la tristeza de Marta con el de la protagonista de “Pasionaria”. El cuerpo de esta última se comprime, se abraza al achicarse, mientras que Marta se mueve, recorre y sólo en última instancia deja aparecer el llanto. Quizás, se me ocurre, en mayor contraste, porque Marta intenta, la Marta clown va con sus petates, da vueltas, gira, se ríe, es payasa. La Marta de las lágrimas no, se corre del código clown y queda otra cosa, hay una resistencia que se vence y la forma que aparece es, como en la otra obra, un cuerpo que se encoge. En “Pasionaria”, la risa llega por la exacerbación, el llanto es desmesurado, la pena está en carne viva, a la vista. En “Querida Marta” va más por dentro; la máscara se va descascarando e incluso el final idílico (del cual he escuchado diversas interpretaciones) tienen ese punto de inflexión en el llanto que se escapa (en lugar de explotar, como en “Pasionaria” o, de otra manera, en “Mal amor”). En ambos casos, sin embargo, el común denominador es la impotencia por no poder resolver, por no poder encontrar paz ni respuestas a la tristeza que se viene encima producto de la soledad.

“Big Bang”, de Carlos Ares y dirigida por Corina Fiorillo, es en cierta medida un juego de actores, un laberinto de espejos. Dos actores se encuentran después de muchos años. De él sólo se sabe su status hacia el final, de ella, sabemos desde el principio que su carrera se ha venido a pique. En el medio, el reencuentro y la necesidad de seducirse, atravesada por los conflictos del pasado. La cuestión es que, incluso estos personajes, que ya no tienen 20 años, tampoco pueden entablar un diálogo sincero. Se colocan máscara tras máscara hasta prácticamente vaciar toda intención de hallarse el uno al otro. “Si todos mienten, nadie miente”, es la frase leit motif de la obra. Ese enrosque los aleja repetidamente, lo que es lógico, ya que en la reversibilidad del juego, sólo termina por quedar el juego mismo…

Mmm… acá no hay amores trágicos, pero tampoco esa cosa de la comedia romántica del final feliz o, al menos, agridulce. Ahora que escribo, me viene a la mente “El fondo del mar”, la película de Damián Szifrón. En el final, el protagonista, después de todo el quilombo que arma (él descubre que la novia lo deja por otro y se obsesiona por descubrir quién es el tipo en cuestión), una vez que recupera su foco (o lo adquiere, quizás, por primera vez) comienza a superar sus inseguridades y puede, probablemente, empezar a ser un poco más feliz. Pienso, quizás, que eso es posible porque en el film de Szifrón hay un relato, donde los personajes pueden transformarse con el transcurso del tiempo. En las obras mencionadas no hay relato, no hay avance del tiempo - de forma más abstracta, lo hay en “Querida Marta” -, sino un estado de suspensión donde los cuerpos están varados y estancados y, por más que se desgañiten, las agujas del reloj no se mueven… Pasado y futuro se apelmazan en un presente constante y, entonces, no se puede sanar el dolor ni cambiar. Hasta en “Big Bang”, donde, se supone, han pasado muchos años, el tiempo no lo ha hecho, realmente, para la relación entre los dos personajes. Los motivos que los alejaron siguen ahí, como su incapacidad de comunicarse.

Casi como si fuera una síntesis de estas ideas, “Melancolía Erótica”, de Josefina Lamarre y Emilia Escaris Pazos. Con elementos de cabaret y de performance, la protagonista aparece varada en ese estado del cual, pareciera, no puede (¿ni quiere?) salir. El entramado textual está hecho de, más allá de allgunos fragmentos poéticos, de canciones diversas. Cada letra es, un poco, una suerte de máscara; la mujer que ahí delante acciona se va removiendo capas (pelucas, ropa). Cada canción es una ella que es distinta y es la misma… todas las ellas que son ella parecen atravesadas por el estado de melancolía, el cual abraza o contra el cual busca revelarse. Las fuentes de luz se encuentran en escena, y la protagonista las va activando, construyendo la puesta de su propia presentación. El personaje se exhibe y estiliza, al mismo tiempo que se multiplica… ¿buscándose? ¿explicándose como múltiple, barroca? Entre las letras, que van de Chabuca Granda a Bjork, me siguen resonando (es decir, elijo hacer un recorte) la elección de “Solitude” y “Sweet Dreams”. El primer tema, de Billie Holiday apunta a la tristeza, como en “Pasionaria”, por el amor ausente, por el deseo desesperado por que regrese; “Todo es penumbra, me siento y observo. Sé que voy a volverme loca”. El segundo, sin embargo, opta por otro punto de vista. En el tema de Eurythmics, la letra hace alusión a que todo el mundo busca algo y que las relaciones son siempre utilitarias y con un elemento de poder fuerte: “algunos quieren usarte. algunos quieren ser usados. algunos quieren abusar de vos. algunos quieren ser abusados”; no existe el balance ni el encuentro. En otro momento, tomando las palabras de los Redonditos de Ricota, “(no tengo donde ir…) Algo me late y no es mi corazón”. A diferencia de “Siesta” (2005), de Deby Wachtel, donde su protagonista caminaba por un fraseo poético melancólico, pero dulce, en una sala iluminada con el blanco como dominante, la ella de “Melancolía…” está en la penumbra y su pena es pesada.

Toda sensación de felicidad es, o bien pasada, o bien extremadamente pasajera. Al mismo tiempo, al elegir el formato más afín a la performance, otra vez está negada la posibilidad de un relato. Si bien las letras traen, en muchos casos, la referencia a un “hacia atrás” (que implica, imaginariamente, construir un mundo poético que incluya el ahora también; ¿quién es ella?, ¿qué le pasó?, etc, etc), el cuerpo representa un estado actual. Como en “Big Bang”, se da un juego de espejos, aunque en “Melancolía…” no hay otro interlocutor más allá de la protagonista. Este último podría ser el espectador, pero, en realidad, la “cuarta pared” nunca se rompe, sino que existe de manera ambivalente; ella está ahí, como en una burbuja, en una caja de cristal. Me pregunto si su tristeza no viene tanto por el desamor como por un no poder hallarse a sí, en cuyo caso se trataría más de una búsqueda (angustiante, sí, pero búsqueda al fin) de formas y palabras que de una exposición de un estado realmente rígido e inamovible.

Quizás, es esto lo que encuentro como común entre las obras que selecciono para ejemplificar (al margen del predominio de mujeres al frente de los procesos creativos)… Lo que se representa no es una situación, sino un estado. De la misma manera, es el elemento de conflicto de “Misil Children” (2008 y actualmente de nuevo en cartel), de Mariana Levy, donde la melancolía es esta gran montaña que tres hermanas tratan de superar; si bien el amor es el conflicto eje, parece, más bien, ser el catalizador de una crisis más amplia y difícil.


El tiempo, en todos los casos, permanece en un lugar de “no tiempo”, pero que no es placentero; no es una detención temporal reflexiva o de disfrute o contemplación, sino de angustia, porque hacia delante parece no haber nada, más que una repetición del ahora mismo. El amor no sólo no quebraría la sensación de desorientación y soledad, sino que esta, probablemente, favorecería y potenciaría el desencuentro… Por supuesto, estas son sólo lecturas posibles…

Diego Braude para Imaginación Atrapada

Revista Debate - entrevista a Carlos Ares

“Los actores son muy vulnerables”
Una actriz llega ilusionada a una sala teatral. El nuevo proyecto que encabezará le permitirá volver a las glorias perdidas. Sobre el escenario, la recibe su propia gigantografía. Pero se reencuentra -tras años de distancia- con su antiguo amante, un actor ya olvidado por las grandes carteleras, que también será parte del elenco. Se desata, así, un juego de ocultamientos en el que realidad y ficción, mentira y verdad, se superponen hasta volverse máscaras inciertas.
Con Big Bang, su primera obra que sube a escena, el periodista Carlos Ares -fundador de las escuelas de periodismo TEA, ex corresponsal del diario El País de España y ex director de la legendaria revista La Maga- sorprende con un agudo retrato de la fragilidad de dos actores que, en realidad, interpela al espectador sobre su propia vulnerabilidad. La obra manifiesta la inseguridad que (nos) otorga el sometimiento cotidiano de la vida del hombre contemporáneo a la rudeza de las leyes de oferta y demanda que regulan el mercado laboral y afectivo. Con dirección de Corina Fiorillo (responsable de la elogiada Desdichado deleite del destino) y las actuaciones de Raquel Albéniz y Alejo Mango, la obra se presenta los jueves, a las 22, en la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131).
“Los actores son muy vulnerables, pueden pasar de un éxito masivo en televisión y no poder salir a la calle, y que a los seis meses no los llame nadie. Y nunca pueden dar la sensación de derrota, no pueden decir que no los llama nadie y hace tres años que no trabajan, porque el fracaso no está permitido. Cuando los entrevistan, tienen que decir que están estudiando varios proyectos. Y en realidad, están al lado del teléfono, esperando alguna oferta”, explica el autor.
La obra comienza y finaliza con dos temas de Los Redonditos de Ricota, “La dicha no es cosa alegre” y “Nuestro amo juega al esclavo”. La elección no parece ser casual, se trata de uno de los grupos de rock argentino que ha diseccionado con mayor inteligencia el juego de máscaras de la sociedad contemporánea. “No escuché a los Redondos hasta hace cuatro años, cuando mi hijo más chico me acercó a su música y su poesía. Me enganché con un gran fanatismo y pude comprender el fenómeno que generaban”, dice Ares y agrega: “Me sorprende cómo con una poesía compleja y sin tener difusión masiva llegaron a conectar con miles y miles de personas. Creo que el Indio Solari es uno de los grandes poetas populares de la Argentina”.
El periodista reconoce que las cuatro temporadas de Troesma -en Canal 7 y Canal (á)-, donde entrevistó a más de 60 actores y actrices, fue uno de los alicientes que lo impulsaron a escribir la pieza. “Con cada uno de los entrevistados hablaba sobre el teatro, la actuación, la simulación, lo que significa ser otro. Esos diálogos quedaron resonando y resurgieron cuando empecé a escribir la obra”, dice.
Big Bang es, en realidad, el segundo texto teatral del ex director de la revista La Maga. “Yo le había hecho leer parte de la obra anterior, Patria o suerte, que todavía no se estrenó, a Tito Cossa. Y él me estimuló mucho porque me dijo que tenía buen oído para la música del teatro, para los diálogos”, recuerda.
Ares afirma que la puesta en escena de Big Bang permitió desarrollar un trabajo en equipo que resultó muy fructífero. “El texto es letra muerta en teatro, hace falta una directora que lo sepa leer y actores que se lo apropien. Esa mirada de los otros enriquece la pieza”, señala y elogia a la directora Corina Fiorillo y los protagonistas, Raquel Albéniz y Alejo Mango. “Cuando se forma un equipo tan bueno, dan ganas de repetir, porque es una experiencia muy placentera”, explica.
Su nueva pieza teatral, anticipa, estará basada en su Novela triste, que será publicada por la editorial Sudamericana. “Es la historia de un hombre que se va de un mundo que se fue. Se trata de un tipo muy solitario, que le dice a su otro yo, que lo único que le queda en su vida es buscar una muerte digna. Y el otro yo intentará convencerlo de que no lo haga”, concluye Ares, entusiasmado con su nuevo oficio.
Revista Debate

"Anoche fui a ver BIG BANG, de Carlos Ares (dir. Corina Fiorillo), a la Ciudad Cultural Konex

Terapia policial
El despojado príncipe de Dinamarca cierra el segundo acto del drama que lleva su nombre con una curioso propósito: para tener pruebas contundentes de un crimen usará la ficción.

I’ll have grounds/ more relative than this. The play’s the thing/ Wherein I’ll catch the conscience of the King – Quiero tener pruebas contundentes. La representación será la trampa donde caerá la conciencia del rey.
La idea de que una representación (en la que las cosas no son, pero son como si fueran) puede iluminar o revelar una verdad (la cosa como es, o como fue) es casi arquetípica: reconstruir los hechos, representarlos, logra someter de alguna manera a la conciencia a un estado paradójico en el cual deja de distinguir los planos de realidad y ficción. De la intermitencia, de la capacidad de ser y no ser de esa hermosa y difusa frontera entre representación y realidad se alimentan los sueños, la imaginación, el teatro.

Estas cosas que vivimos, que pensamos, que soñamos, no son, pero son como si fueran. Eso nos permite reaccionar, anticipar, prever, sufrir, regresar, avanzar. Una de las claves de una terapia anti-fóbica consiste en la capacidad de anticipación de la escena temida: imaginar cómo será, detalle por detalle o representarla –en la imaginación o en la acción– nos permite anticipar y resolver sin daño. En el otro extremo del arco, la representación de un acontecimiento pasado puede devolver a la conciencia recuerdos o escenas reprimidas cuya recuperación, según ciertas escuelas, tendría valor terapéutico. Tanto
Hamlet como el diván del hipnotizador o el espacio escénico del psicodrama cuentan con una escena real como objetivo o marco: el real asesinato del padre, la real escena reprimida, o el futuro y real vuelo en avión. Sin embargo, el juego en la literatura, en el teatro, en el arte (¿en la vida?) a menudo va más lejos: quita la escena real, y entonces…

Eterno barroco
Entonces los reflejos reflejan reflejos. Entonces,
Las ruinas circulares, la mariposa que sueña ser Chuang Tzu, un cuento de Philip Dick, diez cuentos de Philip Dick, la ilusión de Maïa, la vara rota de Próspero en La tempestad, el abismo filosófico de un déja vu, la inestabilidad.

Síntesis argumental
Dos actores, antiguos amantes, se reúnen años después en un escenario despojado para el primer ensayo de una obra de teatro. Las razones y las versiones de ambos difieren: por qué están allí, para qué. Las palabras son las mismas y sin embargo, cada vez que se dicen, dicen otra cosa, dicen algo más. O algo menos.

El personaje actor
La representación dentro de la representación es una de las formas más tradicionales de exponer los vínculos entre ficción y realidad o, de algún modo, entre la conciencia y las cosas. Y la utilización directa de actores como personajes es la puesta en límite, saturada, de esa forma: el actor que representa a un actor en el escenario, multiplica los planos de ficción hasta el punto de la duda permanente.

“Ahora estás actuando”, le dice un personaje al otro en
Big Bang a raíz de una explosión emocional.
¿Acusación? ¿Reflexión? ¿Sospecha?
En todo caso, ¿cuándo no actúa?

La acción en
Big Bang es la espera, aquella de Vladimiro y Estragón, pero tensada por la confianza en una revelación final. Mientras que en Beckett el diálogo-rutina va de este modo “no nos podemos ir. ¿Por qué? Estamos esperando a Godot. Cierto”, en Big Bang se sintetiza a “¿En qué estábamos? Estábamos actuando”.

¿La verdad os hará libres?
El marco explicativo que organizará y ubicará en un relato coherente las contradicciones y misterios de los personajes resuelve la trama –el espectador podrá saber finalmente quiénes están allí, cuándo y por qué–, pero (felizmente) no rellena el abismo, el de los espejos infinitos, el de la duda que subsiste sobre “el otro” como incógnita: si todos mentimos, nadie miente (lema de la obra y bajada del título) iguala a todos con nadie. Lo esencial es la diferencia de uno con el resto; el espejo, la actuación, borra esa línea. No hay libertad en la verdad porque, si todos actuamos, nadie actúa. Nadie. Ningún sujeto. El juego barroco de la multiplicación negadora de un centro, una vez más, borra al sujeto y lo convierte en actor –en el sentido de intérprete de una ficción–. En acuerdo con la idea etimológica de personaje, las máscara es la identidad en la ficción y no hay otra identidad que ella. No habría algo esencial, un ser, una nada, más allá (o más acá).

El límite y la muerte
No obstante, quedan los cuerpos y la amenaza. Los cuerpos son portadores de las marcas ineludibles del paso del tiempo, y contradicen la multiplicidad. En Big Bang, los personajes imaginan (e incluso insinúan como promesa) escenas de muerte. Morir en el escenario. La escena de la muerte. Aquello ineludible.

A riesgo de que el espectador descarte antes de ver la obra una hipótesis, lo peor –como en el grotesco– no es morir, sino perder la máscara de la identidad. El “personaje” que hemos adoptado (la gran actriz, el actor laburador o, si se quiere, el buen hijo, el amante fogoso, el gordo simpático, la buena amiga, etc., etc., etc.) es una estrategia de supervivencia. Su límite está en la superficie de sí mismo.

No habiendo una verdad que se distinga de la ficción, lo peor es ya no poder fingir, pretender, representar."